El cardenal Bo denuncia los ataques contra la libertad religiosa en Myanmar

(ADI).- El cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de Yangon, ha denunciado que la situación en la que se encuentran los rohingya es “una horrible cicatriz en la conciencia de mi país”. Las declaraciones de la principal figura de la Iglesia en Myanmar tuvieron lugar el sábado, durante un congreso sobre la paz celebrado en la Universidad Católica de Corea.

Sus manifestaciones se produjeron pocos días después de que un informe elaborado por la ONU concluyera que detrás de la operación militar del año pasado contra esta minoría había elementos de “genocidio intencional” y que los responsables de las Fuerzas Armadas deben ser investigados. La operación causó el éxodo de 700 mil refugiados a Bangladés.

En su intervención en la Universidad Católica de Corea, el cardenal Bo recordó, sin embargo, que su país se está viendo sacudido por más “guerras” contra la libertad religiosa, promovidas por quienes pregonan la intolerancia y el odio. Miles de personas de otras minorías étnicas y religiosas están sufriendo persecución y siendo asesinadas, sobre todo en el norte de Myanmar.

El purpurado se refería, sobre todo, al conflicto en Kachin. Esta región, con una importante presencia cristiana (la mayor parte del millón y medio de habitantes son cristianos, de los cuales 116 mil son católicos), se ha visto sacudida por la violencia desde que la entonces Birmania logró la independencia, en 1948.

Como ocurre en Rakáin con los rohingya, el conflicto entre el Ejército birmano y algunos grupos étnicos armados —en este caso, el Ejército Independiente de Kachin— se salda también con ataques contra la población civil de esta etnia. La situación empeoró en 2011, cuando unas 100 mil personas se vieron desplazadas.

En febrero de este año, la zona fue bombardeada, y en abril se produjo una gran ofensiva que causó el desplazamiento de siete mil personas. Todo ello, en un escenario de “aldeas bombardeadas y quemadas, mujeres violadas, iglesias destruidas, aldeanos utilizados como escudos humanos y recogedores de minas antipersona”, aseguró el arzobispo de Yangon.

Estas guerras continúan “a pesar de que Myanmar ha pasado durante los últimos ocho años por una serie de reformas que han supuesto una frágil transición de la dictadura militar a una frágil democracia”, en la que los militares siguen controlando tres ministerios clave. Y han encontrado en el nacionalismo budista un terreno abonado para la violencia.

A la delicada situación del país —prosiguió el cardenal Bo— se suman también una oleada de conflictos por la propiedad de la tierra, el tráfico de personas, la desprotección de los derechos más básicos, el deterioro medioambiental, la lacra de la adicción de los jóvenes a las drogas y la pobreza.

Al término de su intervención, el purpurado también se refirió al acercamiento entre las dos Coreas. Celebró que se esté avanzando hacia el sueño de la desnuclearización de la península y animó a que prosiga el diálogo, pero también subrayó que no puede haber verdadera paz mientras a los norcoreanos se les sigan denegando sus derechos humanos básicos.

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