La amenaza del Estado Islámico

(ADI).- A pesar de la caída del autoproclamado Califato, a caballo entre Irak y Siria, el Estado Islámico está lejos de desaparecer y, al contrario, parece recuperar parte de la influencia perdida en Oriente Medio, así como en Pakistán y Afganistán, tras la sucesión de ataques de los últimos días.

El grupo yihadista se encuentra en plena ofensiva en el sur de Siria, donde, tras conquistar en las últimas horas varias poblaciones, como Al Matuna, Duma, Al Shibki, Al Shuraihi y Taima, se enfrenta a las tropas gubernamentales en violentos combates.

Al menos 246 personas murieron ayer tanto en esos enfrentamientos como en 7 atentados suicidas en Al Sueida, en los ataques más graves del Estado Islámico en esa región. De los 135 civiles fallecidos, 34 eran niños, y muchos fueron ejecutados tras ser secuestrados en zonas rurales.

Mientras, en el noroeste, los extremistas mantienen su presencia en Al Hasaka y Deir ez-Zor, donde desde principios de mes se prevé una gran ofensiva de la coalición internacional que, sin embargo, todavía no se ha producido.

En Irak, los combatientes de la organización radical han llegado a zonas donde hasta ahora apenas lo habían hecho, como la capital del Kurdistán, Erbil, donde el pasado lunes tres de ellos asaltaron un edificio gubernamental en una acción cargada de simbolismo al tratarse de uno de los escasos lugares considerados seguros del país.

Sólo unos días antes, los ejércitos kurdo e iraquí, con la cobertura de aviones de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, atacaron por tierra posiciones del Estado Islámico en la zona de Majmur, entre Erbil y Mosul, donde los yihadistas “usan el terreno accidentado como cobertura para organizar y planear ataques”, según tuiteó el Consejo de Seguridad del Gobierno kurdo.

El grupo yihadista parece haber encontrado lejos de Oriente Medio otros lugares para volver a mostrar su terror: Pakistán y Afganistán aparecen ahora como sus escenarios favoritos a tenor de sus últimos y mortíferos ataques.

Ayer, en plena jornada electoral en Pakistán, al menos 31 personas murieron en un atentado suicida al paso de una furgoneta policial junto un colegio electoral en Quetta, en la conflictiva provincia de Baluchistán, donde el pasado día 13 se registraron 153 muertos en un mitin electoral en uno de los peores ataques de la historia del país y que fue reivindicado por el Estado Islámico.

También con Afganistán se han cebado los extremistas: el último ataque de envergadura, con 23 muertos y 107 heridos, tuvo lugar el pasado domingo cerca del aeropuerto internacional de Kabul, minutos después de que abandonara la zona el convoy del vicepresidente afgano y antiguo señor de la guerra, Abdul Rashid Dostum.

El atentado fue reivindicado por la organización radical, como unos días antes hizo con un ataque en el que murieron 19 personas, entre ellas 13 sijs, incluido el único candidato de esa religión en las próximas elecciones parlamentarias afganas, y otro con 25 muertos y 54 heridos en el lugar donde estaban reunidos un grupo de talibanes y civiles para celebrar la tregua.

El Estado Islámico también ataca en otras zonas del planeta, bien a través de sus ramas locales o de los llamados “lobos solitarios”, que actúan en nombre del grupo yihadista aunque su contacto sea mínimo o incluso nulo.

Así ocurrió el pasado martes en Libia, donde 12 miembros de la rama libia del Estado Islámico murieron en una ataque en una comisaría de policía en Ajdabiya, ciudad que ha sido escenario de sangrientos ataques de la organización radical al llamado Ejército Nacional Libio del mariscal Jalifa Hafter, hombre fuerte al este del país.

También ayer el Estado Islámico reivindicó la autoría del tiroteo de Toronto, el pasado domingo, donde murieron dos personas y 13 resultaron heridas, aunque las autoridades canadienses restaron credibilidad a la reclamación del grupo yihadista.

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