Fiesta de los mártires del siglo XX en España

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(ADI).- El 6 de noviembre es la fecha en que la Iglesia celebra la fiesta litúrgica de los Mártires del siglo XX en España. En total, 11 santos y más de 1.500 beatos. La lista innumerable de obispos, sacerdotes, consagrados y laicos que dieron a Cristo el testimonio supremo del amor, está encabezada por los Santos Pedro Poveda Castroverde, presbítero diocesano y fundador de la Institución Teresiana, e Inocencio de la Inmaculada, religioso pasionista.

En España, el número de víctimas martirizadas en la década de los treinta del siglo pasado, según el estudio de investigación histórica publicado en 1960 por Antonio Montero, ascendía a 6.832, de los cuales 4.184 pertenecen al clero secular, 12 son obispos, un administrador apostólico y varios seminaristas; 2.365 son religiosos y 238 son religiosas.

A tenor de otros estudios, realizados a propósito de la preparación del catálogo de los mártires cristianos del siglo XX, pedido por el Papa Juan Pablo II, en el marco del Gran Jubileo del Año 2000, el historiador Vicente Cárcel Ortí habla de diez mil mártires españoles asesinados en el periodo histórico de la persecución religiosa desatada entre 1931 y 1939.

La persecución fue fundamentalmente antirreligiosa, y estuvo alimentada de dos fuentes: una que hundía sus raíces en el siglo XIX, el laicismo sectario de carácter liberal; y otra especialmente ligada al ciclo revolucionario iniciado en Rusia en 1917, el ateísmo militante y activo del marxismo.

Los mártires del siglo XX son personas de la misma fibra espiritual que los de los primeros siglos y los de todas la épocas. Son cristianos que, llegada la hora de la verdad, prefirieron morir a traicionar su fe, como explica en un magistral artículo Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid. A continuación, un extracto del citado texto:

“En el año 259, al obispo de Tarragona, Fructuoso, y a sus diáconos Augurio y Eulogio, el gobernador romano les pedía que quemaran incienso en honor del Emperador, reconociendo así su divinidad. No lo hicieron, y fueron quemados vivos ellos en el anfiteatro de la ciudad. En 1936, al joven sacerdote menorquín, Juan Huget, de 23 años, el militar llegado a su pueblo de Ferreríes le exigió que, si no quería morir, escupiera el crucifijo que llevaba en la sotana que le acaban de arrancar. No lo hizo, y fue asesinado a sangre fría, de un tiro en la cabeza.

Los perseguidores siempre tienen una excusa política: puede ser “traición a Roma” o “traición a la revolución”, pero siempre hay en el corazón de los mártires un amor más fuerte que la muerte y en la intención de los verdugos, un odio objetivo a la fe profesada por sus víctimas. Para los romanos, la fe cristiana era causa nefanda de corrupción del civismo de los súbditos de Roma y de disolución del Imperio. Los revolucionarios de la Europa del siglo XX pensaban que la fe cristiana era “el opio del pueblo”, o bien, un veneno para el “superhombre”. Tanto la Roma pagana, “feliz y madre”, como el Estado totalitario, supuestamente creador del “hombre nuevo”, ocupaban de hecho el lugar de Dios y violentaban, por tanto, la conciencia de quienes no podían reconocer otra divinidad que la de Aquél que ha creado el cielo y la tierra, y revelado plenamente su omnipotencia en la debilidad de la Cruz.

El siglo XX es el siglo de los mártires. Los totalitarismos de uno y otro signo han sido terriblemente eficaces en el intento de doblegar las conciencias y de aniquilar pueblos, clases, razas o iglesias. Los mártires cristianos no son las únicas víctimas del siglo de la violencia sistemática al servicio de ideologías inhumanas. Todas la víctimas han de ser reconocidas. Se cuentan por decenas de millones. La Iglesia las reconoce a todas y desea que se guarde vigilante memoria de todas. Pero además, beatifica y canoniza a algunos de sus hijos que murieron por el sólo hecho de ser cristianos. (…)

La veneración de los mártires acompaña a la Iglesia desde sus orígenes. “Si a mí me han perseguido, también lo harán con vosotros”. Jesús hace referencia con estas palabras al misterio de la iniquidad. El mal no puede ser vencido con el mal, sino con el bien. Por eso, el Salvador aceptó la persecución y la anunció a sus discípulos. La Iglesia venera a los mártires más que a los otros santos. Ellos se han configurado con Jesucristo en su muerte salvadora. Sobre los sepulcros de los mártires se celebra el sacrificio de la Misa que actualiza el sacrificio de la Cruz. Ellos completan de modo muy especial “lo que falta” a la pasión salvadora del Señor. ¿Y qué le falta? El testimonio supremo del amor que los bautizados ofrecen al Señor aceptando la muerte y ofreciendo perdón, como el mismo Cristo.”

En medio de una sociedad secularizada, esta riqueza de testigos manifiesta la hondura de la fe cristiana y nos anima a caminar por su senda, con la firme certeza de que seguir a Jesús, el Hijo único de Dios hecho hombre por nosotros, es siempre alcanzar el camino de la verdadera felicidad en la vida y la plenitud gloriosa en el Cielo.

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