Irak se enfrenta al desafío de la reconciliación

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(ADI).- La derrota del Estado Islámico en la mayor ciudad iraquí bajo sus garras es sin duda un gran triunfo simbólico. Sin embargo, para los responsables políticos de Irak solo marca el principio de un reto aún mayor: lograr la reconciliación nacional. Ello exige facilitar asistencia humanitaria y servicios básicos a una población traumatizada que lo ha perdido todo.

Mucha gente que ha huido de la violencia inhumana de los yihadistas necesita refugio, comida, atención sanitaria, agua y equipos de emergencia. Resulta poco menos que inimaginable por lo que ha pasado todo este tiempo la población civil.

Solo hay que observar las miradas perdidas y las caras de terror de las familias que en los últimos días han emergido de detrás del frente. Son la imagen misma del horror. Demacrados, sedientos, alienados… Los niños ni siquiera se sobresaltan ante las explosiones o los disparos de las ametralladoras. Se ha convertido en el sonido de fondo bajo el que han malvivido durante los últimos meses mientras las fuerzas de seguridad iban estrechando el cerco a las huestes del grupo radical suní.

Desde que el pasado 17 de octubre se lanzó la ofensiva para liberar Mosul, unos 920 mil ciudadanos se han visto obligados a abandonar sus casas en el perímetro urbano y las poblaciones próximas.

Aunque desde la recuperación del este de la ciudad en enero hay familias que han empezado a regresar a esa orilla del río Tigris, aún quedan 700 mil desplazados, la mitad de ellos distribuidos en 19 campamentos de emergencia, donde las agencias humanitarias apenas alcanzan a cubrir sus necesidades.

De los 54 barrios residenciales del oeste de Mosul, 15 están muy dañados y al menos 23 moderadamente dañados.

Naciones Unidas ha estimado que se requiere una inversión de mil millones de dólares nada más que para reparar las infraestructuras dañadas, primero por el Estado Islámico y luego por los combates.

Los extremistas destruyeron intencionadamente iglesias cristianas y templos de otras minorías religiosas, bibliotecas, museos e incluso centros médicos. El gran hospital provincial ha sido uno los últimos baluartes de los milicianos vestidos de negro.

Incluso las zonas que aún permanecen en pie están a menudo llenas de trampas explosivas, lo que exige una costosa labor de limpieza para que puedan declararse seguras para el regreso de los civiles.

Sin esa inversión y una convincente ayuda, no solo económica sino también sanitaria y psico-social, el proyecto de normalización de Mosul y el resto de las regiones liberadas no tendrá ninguna posibilidad de avanzar. Incluso si el Gobierno de Bagdad logra cumplir sus promesas a ese respecto, reconstruir la diversidad de comunidades que caracterizaban esa ciudad se presenta como una tarea titánica. La fractura étnica y sectaria que explotó el autoproclamado Califato cuando se adueñó de casi un tercio de Irak en 2014 se ha agravado desde entonces.

El ensañamiento de los yihadistas con los cristianos y otras minorías religiosas como los yazidíes ha tenido una especial intencionalidad: borrar la diversidad histórica de la región. La desconfianza intercomunitaria se ha agravado. Los yazidíes y los cristianos no se atreven a volver a sus aldeas. Los suníes recelan de la venganza de los chiíes que, aun siendo minoritarios en el islam suman dos tercios de la población de Irak. Y los kurdos quieren garantizar la seguridad de su autonomía apropiándose los territorios que disputan a los árabes y que ocuparon con el pretexto de la lucha contra el Estado Islámico.

(Fuente: A. E. / UNDP)

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