El Emir del Estado Islámico en Filipinas

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(ADI).- La derrota del Estado Islámico en Oriente Medio, con la próxima capitulación de Al Raqa y la resistencia en las últimas bolsas de territorio sirio, no significa automáticamente el final del grupo radical sunita. La fuerza intrínseca del Califato creado por Abu Bakr al-Baghdadi no consiste en haber construido una pura y simple organización criminal, sino en contar con una idea propia del terrorismo, la idea de que allí donde haya una comunidad islámica radical sunita esta pueda transformarse en una provincia de un más amplio y sedicente Estado Islámico. La experiencia de Filipinas, con la isla de Mindanao en las garras de grupos terroristas unidos bajo la bandera del Califato, demuestra exactamente esto. Es decir, que el Califato puede renacer de cualquier forma, allí donde reúna las condiciones adecuadas. Y para aumentar las posibilidades de penetrar en el imaginario colectivo de las víctimas potenciales de esta estrategia, los canales de información del Estado Islámico alimentan la amenaza propagandando la llegada de la yihad.

En el último número de Rumiyah para Asia Oriental (órgano de expresión de la organización extremista en todo el mundo, subdividido según el territorio al que se dirige), se hace hincapié en la guerra en Filipinas. El semanario islamista habla de cristianos asesinados, iglesias atacadas, mostrando a los cristianos capturados por la milicia islámica filipina. El título de la revista de esta semana es ciertamente evocador y no deja espacio a la imaginación: “La yihad en el Sudeste Asiático”. En el interior, una serie de anuncios sobre el hecho de que la pérdida de territorios en Siria e Irak no debería considerarse una derrota, sino sólo un cambio de estrategia. Para la revista, el Estado Islámico sólo está sirviendo hasta el final a su propósito en un área, para después reanudar sus operaciones en otra. No hay derrota, en el peor de los casos, una pérdida temporal de territorios en beneficio de otra zona del mundo.

Para destacar aún más la voluntad del Estado Islámico de dar forma a esta nueva estrategia en el Sudeste Asiático, el semanario Rumiyah ha anunciado el nombramiento de una especie de Emir de Filipinas, un tal Isnilon Hapilon, un veterano del grupo Abu Sayyaf que ahora se hace llamar Abu Adillah al-Muhajir. En una entrevista concedida por el líder islamista a la revista del Califato, se afirma que a la isla de Mindanao han llegado ya miles de jóvenes y milicianos de todo el mundo, que también están dispuestos a morir para “establecer la ley de Dios”. Palabras que, por supuesto, son pura propaganda, pero que demuestran el verdadero riesgo de radicalización de Filipinas, a saber, la llegada de combatientes extranjeros provenientes de otros contextos, pero sobre todo de Irak y Siria. Combatientes extranjeros que no sólo representan una inyección de hombres, sino también de conocimientos bélicos, después de haberse adiestrado en escenarios de guerra muy complejos.

Al igual que cualquier líder islamista digno de respeto, también Hapilon está buscado por Estados Unidos. Desde hace años, el FBI ofrece una recompensa de cinco millones de dólares por él y considera que es uno de los autores de los ataques islamistas que tuvieron lugar en la Isla en 2001. A pesar del botín, nadie en la isla de Mindanao y en las localidades con alta concentración islámica ha entregado o facilitado información a los servicios de inteligencia americanos. En este sentido, juegan un importante papel factores de pertenencia no sólo religiosa, sino también étnica, que hacen que la comunidad de los “moros” filipinos sea realmente impenetrable por parte de fuerzas externas. Probablemente, también es cierto que la amenaza nunca ha sido considerada demasiado importante para Estados Unidos, comprometido en frentes más relevantes como el de Oriente Medio. Filipinas, con su islamismo ligado principalmente a las realidades criminales locales, nunca tuvo prominencia internacional y se decidió concentrar los esfuerzos en los escenarios de guerra ya activos como Afganistán, Irak, y después Libia y Siria. Ahora, el final del Califato en Oriente Medio reaviva el tema del yihadismo en el resto del mundo, y el Sudeste Asiático representa un peligro que se cierne sobre todo el continente asiático.

El ascenso de Hapilon como líder del Estado Islámico en Filipinas muestra al mundo la imagen de una evolución bien definida del proceso de radicalización de la Isla. Durante años, Hapilon ha sido uno de los líderes ideológicos más fuertes de toda la zona y desde hace años ha promovido una campaña de conversiones forzosas al Islam entre los cristianos de la Isla. Una de sus acciones más conocidas ha sido el envío de cartas amenazantes al Obispo de Basilan, exigiéndole que se convierta al Islam junto con su comunidad. La alternativa, vivir como dhimmis. Con el tiempo, la cuestión cultural se ha transformado en un tema terrorista. Filipinas se ha convertido en un lugar de refugio para muchos milicianos, especialmente de las facciones alqaedistas del Sudeste Asiático, y en particular de Jemaah Islamiya. Para el Gobierno de Duterte se trata de un desafío enorme, que representa no sólo un punto de inflexión para la yihad global, sino también para todo el frente de la lucha contra el terrorismo. Si el Califato llega a Asia Oriental, supondría un cambio político y militar de largo alcance, con actores totalmente nuevos aliados o adversarios de actores que desde hace años conviven con el terrorismo.

(Fuente: Gli Occhi Della Guerra)

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