Kazim, el hombre que tumbó la estatua de Sadam Husein: Irak es un país destrozado. Todo es culpa de una invención

(Crónica).- Hace 10 años que Sadam Husein fue ejecutado en la base militar Camp Justice, en el distrito bagdadí de Kazimain. En el décimo aniversario de la muerte del mandatario iraquí, que tuvo lugar una mañana de finales de diciembre, el hombre que tumbó su talla en bronce de 12 metros de altura aceptó conversar con Crónica. “Derribé la estatua el 9 de abril de 2003. Lo hice porque odiaba el régimen que había construido Sadam”, reconoció Kazim Sharif al Yaburi.

“En la época de Sadam mi familia fue discriminada y encarcelada. Mis dos hermanos, por ejemplo, habían sido detenidos por ser comunistas. Uno de ellos fue condenado a 20 años de prisión y el otro a cinco. También estaban entre rejas mis primos y otros miembros de mi tribu”, relató este mecánico de 60 años.

Kazim tampoco escapó a la ira del clan de Sadam. Uday, el hijo del quinto presidente de Irak, le envió al penal de Abu Ghraib -donde el ejército estadounidense y la CIA cometieron infames violaciones de derechos humanos en 2003- tras reclamar el dinero que le adeudaban por reparar su exclusiva colección de motocicletas, entre ellas, algunos modelos de Harley-Davidson. Allí, entre sus celdas, pasó recluido año y medio.

Todas las afrentas que había padecido Kazim y sus seres queridos hicieron combustión la tarde en la que Sadam desapareció de escena. “En los últimos años su régimen se había convertido en una calamidad. Se encontraba en un estado deplorable. Todo el mundo estaba en contra de él y sus desastrosas políticas le habían hecho perder su popularidad”, rememoró.

Padre de cinco hijos, Kazim sigue ligado al fotograma que la prensa extranjera captó aquel abril remoto en el perímetro de la plaza Firdos. “Acudí a la zona en compañía de unos amigos. Juntos y con ayuda de los soldados estadounidenses derribamos la estatua. Sentí mucho alivio. Pensé que habíamos acabado con una dictadura brutal y dejado atrás una severa crisis económica”, explicó.

De todas las imágenes que se agolpan de aquellas horas, no ha olvidado un detalle premonitorio: la de la bandera estadounidense que, colocada por uno de los soldados americanos, ocultó durante unos minutos el rostro de la efigie. La reprobación de Kazim y su séquito forzó una veloz enmienda. Para tranquilidad de los presentes, la enseña fue sustituida por una iraquí.

El suyo fue el primer aldabonazo del ocaso de un líder que sería condenado por crímenes contra la humanidad tras un polémico proceso que trató de esclarecer la matanza de 148 chiíes iraquíes en 1982. Poco después de que irrumpieran los martillazos, una unidad del cuerpo de Marines estadounidenses se unió a la escabechina. El trabajo que había iniciado Kazim lo finiquitó un M88, el vehículo de recuperación del ejército estadounidense. Una cadena rodeó el cuello de la estatua y el empuje del blindado hizo el resto. Cuando la imagen cedió desmoronándose sobre el pavimento, la multitud que había liderado el forzudo entró en éxtasis: se abalanzó sobre los restos; pisoteó su cadáver metálico; decapitó al caído y arrastró su testa por las calles de la capital abriéndose paso entre zapatazos, con el mismo escarnio que sufriría un lustro después George Bush, el urdidor de la invasión, a manos de un periodista iraquí en una rueda de prensa celebrada en Bagdad.

El júbilo que desató la demolición de la efigie -retransmitida en directo por televisión- se ha desvanecido por completo. Ni siquiera Kazim, su principal protagonista, siente ya un ápice de regocijo por haber cooperado en el andamiaje de uno de los principales instantes que jalonaron la primera década del siglo XXI. “Ahora me arrepiento de lo que hice. Mi país está destruido. Vivo en una tierra llena de sangre y gobernada por grupos armados que son mucho más dictatoriales que Sadam”, lamentó.

En la década que sucedió a la ejecución de Sadam, Irak se hundió en una violencia sectaria que aún no ha concluido. Las luchas por el poder entre suníes y chiíes han descosido el país y alimentado el monstruo del autodenominado Estado Islámico, nacido de Al Qaeda en Irak y cuyas huestes resisten aún en el callejero de Mosul, la segunda ciudad de un Estado fallido. Desde 2003 el balance no ha dejado de crecer: más de 188.600 civiles han perdido la vida en una geografía carcomida por los ataques terroristas.

“Antes había un solo Sadam. Hoy tenemos miles. Han surgido matones que han arrasado con lo que quedaba de este país. Hay partidos, milicias y caudillos que han heredado su yugo”, aseguró el hombre que tumbó la talla del gobernante iraquí.

Hoy, en cambio, Kazim confiesa en voz baja que hay ocasiones en las que desearía recuperar las piezas de la estatua y reconstruirla desafiando a quienes gobiernan la urbe. Su mea culpa se desliza hacia otros derroteros hasta sumarse a los lamentos que exhalan quienes aún resisten entre las fronteras del país que habitan la corrupción, la miseria y la guerra. “He perdido a varios amigos, asesinados por milicias controladas por el Gobierno, y a colegas de Hashid Shaabi [milicias chiíes respaldadas por Irán]. Yo soy chií pero no veo diferencias entre los políticos suníes y chiíes. Son todos una mafia. Todos iguales”, dijo en la semana en la que una oleada de ataques suicidas ha vuelto a teñir de sangre varios distritos de la capital.

Como otros tantos iraquíes y árabes, Kazim culpa a Washington de haber diseñado a los acólitos de Abu Bakr al Baghdadi. “Hay varios países que han ayudado a crear el Daesh [acrónimo en árabe del Estado Islámico]. Estados Unidos es su principal responsable”, señaló. La cólera que estalló en la plaza Firdos -donde una escultura color verde en señal de la unidad de Irak sustituyó a la del mandatario hasta su derribo en 2011- la dirige hoy hacia el trío de las Azores (Tony Blair, George Bush y José María Aznar), a los que tilda de “mentirosos” y acusa de haber enviado a su patria a la Edad Media. “Si yo fuera un criminal los mataría con mis propias manos”, advirtió este padre de familia, que lleva dos décadas dedicado a la reparación de motocicletas y vive en el céntrico barrio bagdadí de Al Batawin.

“Todo lo que nos ocurre es culpa de una invención. En la era de Sadam no hacíamos distinciones entre suníes y chiíes, musulmanes y no musulmanes. Todos éramos iraquíes: cristianos y musulmanes suníes y chiíes. Vivíamos en paz y había seguridad”, destacó Kazim. “Desde 2003 no han dejado de pronunciar las palabras suní y chií. Se han alentado las cuitas sectarias desde Irán y Arabia Saudí”, denunció. “Algunas de mis hijas están ya casadas. El resto continúa estudiando. Pero aquí la formación no tienen ningún valor. No hay trabajo y las pocas oportunidades que existen son para quienes han declarado lealtad a un partido. Irak es un país destrozado”, concluyó.

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