“Mi padre no renegó de su fe y estoy orgullosa de él”

IngriTawadrosEsta Navidad va a ser muy distinta para las viudas e hijos de los coptos asesinados por los terroristas del Daesh en Libia a principios de este año. Todavía nos estremecemos al recordar las imágenes de los 21 cristianos vestidos de naranja junto al mar. Esa peregrinación hacia el martirio ha quedado grabada en la memoria de los egipcios y de todos los cristianos.

Una delegación de Ayuda a la Iglesia Necesitada ha visitado recientemente a sus hijos. Fue en la sede episcopal del obispo de Samalut, monseñor Paphnutius. Está a 250 kiometros al sur de El Cairo.

El obispo hace de anfitrión y pide hablar a los niños. Lo primero que llama la atención es la serenidad y la tranquilidad con la que los chavales hablan de sus padres. Sus caras se entristecen recordándolos, pero estos huérfanos, algunos de apenas cinco años, están orgullosos de lo que hicieron sus padres. Los pequeños casi no pronuncian palabra, miran a sus hermanos mayores y a su obispo. Solo son capaces de asentir con la cabeza. Toma la palabra Ingry Tawadros, de 14 años. Está sentada junto a sus dos hermanos pequeños.

Hola Ingry, ¿quién era tu padre?

Mi padre se llamaba Tawadros Youssef Tawadros. Era un gran trabajador y un buen padre.

Es un nombre muy cristiano…

Sí, de hecho mi padre tuvo muchas dificultades en Libia porque su nombre es fácilmente reconocible como cristiano y, según cuentan, le pidieron en numerosas ocasiones que se cambiara de nombre, pero él nunca quiso. Mi padre decía: «Quien se cambia de nombre acaba cambiándose de fe».

¿Cómo vivió tu familia y vuestra comunidad el secuestro de tu padre y sus compañeros cristianos?

Rezamos durante 40 o 50 días para que no renegaran de su fe. Hasta el final invocaron el nombre de Jesús.

¿Qué has aprendido del testimonio de tu padre?

Quiero que sepan que estoy orgullosa de mi padre. No solo por mí o por mi familia, sino porque ha honrado a toda la Iglesia. Estamos muy orgullosos porque no renegó de su fe y eso es algo maravilloso. Además, nosotros rezamos por los asesinos que mataron a mi padre y a sus compañeros, para que se conviertan.

Ingry no quiere hablar más, pero no es necesario. Ya está todo dicho. No hay nada más verdadero que pueda salir de los labios de una muchacha huérfana. No puede existir juicio más claro.

Al tratar de preguntar a otro de los niños, comienzan a escaparle lágrimas de sus ojos. “Mi padre está en el cielo”, asegura otra de las niñas pequeñas entre el grupo. “A pesar de ello estoy triste, pues está tan lejos… Le echo de menos”.

Su obispo concluye: “Desde siempre la Iglesia sabe que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. En este caso no es diferente. Desde Alejandría hasta Asuán, en todo Egipto se ha reforzado la fe de los cristianos”.

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