El belén y la crisis occidental

belenEl titulo no es grandilocuente sino que responde a una realidad que muestra la confusión que impera en nuestra sociedad y en sus instituciones, ahora más grave si cabe por el embate yihadista. La respuesta francesa -de una parte de Francia-, que tiene ilustres epígonos en España, con el destacado caso de Madrid al frente, considera que como el Estado es laico -es decir, neutral- en lo religioso, no puede haber ninguna presencia de este tipo en el espacio público, sea plaza, escuela, o edificio. Este juicio entraña una carga ideológica discriminatoria porque confunde la neutralidad con el partidismo. Considera que la “nada” es la respuesta, a la par que llena de otros símbolos que en ningún caso son comunes a toda la sociedad, como las banderas gays en los edificios públicos. No toma en consideración que la sociedad nunca es laica sino plural y que esto exige un reconocimiento acorde con la realidad cultural y la cultura popular.

Lo que se niegan a aceptar los mentores del laicismo de la exclusión religiosa, que se convierte por su propia dinámica interna en exclusión cultural, es la evidencia de que la fe cristiana expresada en nuestras manifestaciones artísticas, y en nuestra cultura popular y tradicional, posee una doble dimensión inseparable: como símbolo religioso para quien tiene fe y como manifestación cultural para la mayoría de la población. Querer erradicar lo primero significa dejar desnuda a la sociedad de su propia cultura, y por lo tanto vacía e indefensa. Eso es lo que significa la Pietà de Miguel Ángel, y un modesto y popular belén.

Lo que está sucediendo en Francia es una clara manifestación de todo ello, con la prohibición de los belenes en los ayuntamientos. Por una parte, la Asociación de Alcaldes de Francia, que ha aconsejado que no se pongan Nacimientos para “fortalecer los valores republicanos” tras los ataques del terrorismo islamista en París. Una consideración que comporta dos implícitos absurdos, que fracturan a una sociedad ya de por si fragmentada: el de considerar que los nacimientos debilitan los valores republicanos, y que su ausencia protege del terrorismo. Es absurdo pero es lo que se deduce de las razones del texto.

Naturalmente, esto ha servido para que muchos alcaldes reaccionen a favor del belén, pero el intento estigmatizador ya está lanzado y es el mismo que funciona en España y más allá: el cristianismo es incompatible con la república -la “res pública”, lo que es de todos- y lo mejor para combatir la yihad es prescindir de nuestro legado. Están locos, sí, pero hacen daño a todos. No es una exclusiva Europea, aunque aquí esté el centro de la cuestión. En Marlborough, en New Hampshire, en Estados Unidos, proponen substituir el “felices Navidades” por el indeterminado “felices fiestas”. La cuestión ha abierto una gran polémica, lo que dice mucho en favor de los habitantes de aquella población, y muy poco de nuestro país, donde la sustitución se operado de manera total sin que nadie se exclame. En este caso el “mercado”, los publicitarios y las empresas comerciales, son los responsables. O sea que no solo hay “malvados” laicistas de determinados colores políticos, sino que son muchos y triunfan entre los defensores de la libertad de empresa. Lo advertimos para los incautos, los tontorrones y los interesados en manipular el sentimiento religioso convirtiéndolo en una cuestión de “derechas e izquierdas”. Es la fidelidad a la fe cristiana, o a una cultura y tradición, donde se produce el alineamiento y no en otras cuestiones.

El resultado de todo esto, como lo demuestra el reclutamiento de yihadistas y de otros radicales entre los jóvenes, es que dejan a esta sociedad desprovista de grandeza espiritual, la que llena y motiva los corazones convirtiéndolos así en presa fácil para toda propuesta de emoción grande cargada de infinito. Es lo malo de liquidar al cristianismo: el vacío lo llenan las perversiones humanas.

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