De la Circular del P. Carlos Walker, superior general del Instituto del Verbo Encarnado, por la Jornada Mundial de las Misiones, del Instituto

del Verbo Encarnado
Acilia, Roma, 11 de octubre de 2015
Muy queridos hermanos en el Verbo Encarnado,
Les escribo con ocasión de la Jornada mundial de las misiones, que tendrá lugar el domingo 18 de octubre.
Hace unos meses llegó a mis manos un libro que relata la vida del padre Clemente Vismara, misionero del PIME, quien fue beatificado por el Papa Benedicto XVI en el año 2011.
El título del libro, Fatto per andare lontano, señala precisamente el carácter de este gran misionero que pasó 65 años de su vida en la selva de Myanmar (ex Birmania). Este hombre extraordinario, de quien luego pude leer varias de sus obras, a menudo me recordaba al gran pionero de Alaska, padre Segundo Llorente SJ, como así también a tantos otros misioneros de la historia de la Iglesia.
La vida del beato Vismara es realmente singular. Siendo aún muy niño quedó huérfano de padre y madre, por lo que fue criado por sus tíos. Más tarde fue incorporado al ejército y participó activamente en el frente de la primera guerra mundial, pasando años enteros en una trinchera. Este hecho le dejó una marca tan imborrable que lo acompañó todo el resto de su vida. Ingresó luego al seminario diocesano, y estando allí, decidió ser misionero del PIME. Apenas ordenado sacerdote y con tan solo 26 años de edad, fue destinado a una inhóspita región de la selva de Myanmar, donde aún no había llegado el cristianismo.
Al llegar a su destino constató que la «misión» consistía solamente en una pequeña choza de barro de un solo ambiente y con techo de paja. Cuando llovía, cosa frecuente, se ponía debajo de la mesa para no mojarse, y si era de noche colocaba un paraguas sobre su cama. Obviamente, esa misión no tenía fieles.
Pasó mucho tiempo sin percibir ningún fruto apostólico, pero él, sin desanimarse, comenzó a dirigirse a los niños abandonados, que en aquel entonces poblaban las calles. Y fue así que fundó hogares para niños defectuosos, enfermos, huérfanos, etc., a quienes el P. Clemente consideraba «su familia». Con el tiempo la gente, atraída por la fama de este gran hombre, se fue acercando a la misión. Treinta años más tarde toda la comarca se había bautizado.
Más tarde, su obispo lo asignó a otra región distante donde, al igual que en su primer destino, el cristianismo no había llegado. A pesar de que ya tenía cerca de sesenta años de edad, el P. Clemente fue a la capilla, y luego de rezar unos minutos, aceptó el cambio. En este segundo destino hizo exactamente lo mismo que había hecho antes. Al cabo de otros treinta años, ya al final de su vida, toda esta misión también quedó evangelizada y hoy es una zona católica.
El P. Clemente murió en el año 1988 «con las botas puestas», en su destino, y a los 91 años de edad; 65 los pasó en la selva de Myanmar, regresando a Italia tan solo una vez. Cuando contaba con 90 años construyó su última iglesia, y hasta un mes antes de morir todavía visitaba a los pueblos de su misión. Los obispos de Myanmar afectuosamente le dieron el título honorífico de «Patriarca de Birmania», colocando de este modo la iglesia local bajo la paternidad espiritual del beato.
A Dios gracias este gran misionero, que pasaba tres horas diarias en la capilla, luego de la cena se dedicaba, ordinariamente, a mantener la correspondencia con sus benefactores, escribiendo a la luz de una vela. Por esta razón contamos con un riquísimo epistolario que nos permite conocer su vida, su gran humor y genio y su recia espiritualidad.
El beato tiene un escrito dirigido a los misioneros que él llama «Pellem pro pelle» ([dar] la piel por la piel), donde refleja el estilo y la actitud de su propia vida. Copio aquí un par de párrafos que traduje del original italiano:
“No hay ni puede haber otro modo para un misionero que quiere redimir: debe dar la vida. El camino que debe recorrer es un sistema general, único, universal. Un misionero que no da la propia piel es inútil, no es nada. Los paganos exigen la piel, ninguna otra cosa que la piel, toda la piel, de otro modo no nos creen para nada. […] Por otra parte, si ustedes pensaran que ellos son insensibles a este holocausto sería una calumnia. El amor, calor de la tierra y del cielo, es invencible”.
Continúa el Beato y concluye de este modo:
“¿Bastan, acaso, ochenta y cuatro mil corazones concordes en un solo ideal (se refiere al número de misioneros que había en el mundo en el año 1949)? No, no bastan. Yo quisiera susurrar bajo, muy bajito: «bastan sí, como —aun cuando fueran el cuádruple— pueden no bastar». El nudo de la cuestión no está en el número, sino en el pellem pro pelle. Y no se nos escapa; «operarii autem pauci; pusillus grex». El Evangelio es de hoy como de mañana: siempre verdadero… Obstinadamente lo repito: un misionero que no ama, que no da la propia vida, no vale, es inútil, no es nada. Pellem pro pelle todos los días, un jirón al día, con ánimo sereno, de fuertes, sin lamentos, aunque el corazón… tiemble. «Sine effusione sanguinis non fit remissio». Es ley divina. ¿Entonces? ¡Muere, querido, pero muere aquí!”
Mientras leía los escritos del beato Vismara no podía dejar de pensar en nuestros queridos misioneros presentes en el mundo entero y, muchas veces, en lugares realmente difíciles.
El mandato misionero que Nuestro Señor hizo a los Apóstoles —«Id por todo el mundo…» (Mt 28,19)— y que luego resonaría a lo largo de la historia, no se lo puede entender si no es en el contexto de la caridad apostólica. Decía San Agustín, «Si quieres amar a Cristo, tu caridad ha de abarcar el mundo entero», y el beato Clemente Vismara, ¡«Pellem pro pelle…»! Lo que está en juego es nada menos que la salvación de las almas.
¡A nuestros queridos misioneros que con gran sacrificio personal esparcen el “Christi bonus odor” (2 Cor 2,15) por el mundo entero va nuestro saludo, sentido reconocimiento y profunda gratitud!
En Cristo y María,
P. Carlos Walker, IVE
Superior General

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